Lo que comenzó como un cuadro de insomnio llevó a Paola Solís, de 41 años, a un diagnóstico crítico: un tumor en el tronco encefálico, considerado inoperable por el neurocirujano Carlos Feltes, debido a la complejidad de la intervención.
El tumor afectaba funciones vitales como la respiración y el ritmo cardíaco, y durante la pandemia su estado empeoró, generando dolores de cabeza intensos, vómitos y visión borrosa. Se le colocó una válvula para drenar el líquido de una hidrocefalia obstructiva, pero la mejoría fue temporal y su cuadro se agravó rápidamente.
Paola fue trasladada al Instituto Nacional del Cáncer (INCAN), donde una junta médica declaró irreversibles los daños y solo ofreció cuidados paliativos. La familia decidió llevarla a su hogar en San Juan Bautista, donde permaneció seis meses en coma profundo, recibiendo únicamente cuidados básicos y acompañamiento espiritual.
Durante ese tiempo, la comunidad local se unió en cadenas de oración, mientras Paola permanecía “desconectada” del mundo exterior. El giro inesperado ocurrió un día mientras su hermana limpiaba la habitación: Paola abrió los ojos, sorprendiendo a su familia y motivando el llamado inmediato a una ambulancia.
Al ser evaluada nuevamente por el neurocirujano, una resonancia magnética confirmó que el tumor había desaparecido por completo, dejando a los médicos sin explicación científica.
Paola recuerda haber escuchado la voz de su hija adolescente durante el coma, lo que la mantuvo conectada y consciente de los acontecimientos a su alrededor. El caso es calificado por la comunidad como un “milagro absoluto” y desafía los conocimientos médicos y estadísticas sobre cáncer terminal.
Hoy, Paola Solís busca compartir su experiencia para brindar esperanza a quienes enfrentan diagnósticos críticos y situaciones límite. Su historia se convierte en un testimonio de vida, resiliencia y fe, recordando que incluso frente a pronósticos letales, la vida puede dar sorpresas inesperadas.